Para mi amor en Beta

 Capítulo 2: Los límites invisibles



El sonido del timbre resonó en los pasillos, anunciando el fin de la clase de Literatura. Axel guardó sus cosas rápidamente, deseando que el día pasara más rápido, aunque sabía que eso era imposible. Al levantarse de su asiento, notó cómo Riss ya se preparaba para salir. Con su aire relajado y su paso firme, se dirigió hacia la puerta, mientras Axel la seguía, más por costumbre que por deseo.

—Nos vemos en la próxima clase —dijo Riss sin volverse, su voz baja y tranquila, como siempre.

Axel asintió, sintiendo el familiar nudo en su pecho. La sola presencia de Riss lo hacía sentirse más vivo, pero también más impotente. Hoy no sería un día fácil.

Al llegar al aula de la siguiente materia, Axel notó que algo estaba fuera de lugar. Los betas de su clase, incluida Riss, estaban siendo llamados por uno de los profesores, y no era para una lección habitual. La mirada de Riss se detuvo en el grupo de estudiantes que los observaban con curiosidad, pero Axel no pudo evitar sentir una creciente molestia. Sabía lo que estaba a punto de pasar.

—Ustedes —dijo el profesor con voz autoritaria, dejando claro que no había espacio para preguntas—, acompáñenme.

Riss lo miró por un momento, pero no dijo nada. Los betas no podían estudiar materias como educación sexual. La sociedad no les permitía experimentar ni explorar ese tipo de conocimientos porque la sexualidad era algo reservado exclusivamente para los omegas y los alfas.

Axel se contuvo de hacer un comentario mientras caminaba junto a Riss hacia el aula donde los esperaban. En lugar de ir al salón de educación sexual como el resto de sus compañeros, serían trasladados a la clase de orientación vocacional, como siempre sucedía. La misma clase aburrida en la que les hablaban sobre carreras de "mano de obra", sobre trabajos de bajo perfil, donde se les enseñaba a ser útiles para el sistema, pero no demasiado.

En el aula de orientación, el profesor los miró con desdén. Axel podía sentir la carga de desprecio en su mirada.

—Este no es un salón de juegos, señor Ita —dijo el profesor, refiriéndose a Axel.

—Ah, lo siento, yo… —dijo Axel, fingiendo ignorancia, antes de salir del aula. Sin embargo, en lugar de irse, permaneció sentado en el pasillo, escuchando la clase de orientación vocacional de los betas.

Los betas no eran considerados lo suficientemente importantes para recibir educación avanzada; solo se les enseñaba lo que se esperaba de ellos: servir, trabajar, ser funcionales.

—Bienvenidos, chicos —dijo el profesor sin mucha emoción—. Hoy vamos a hablar de lo que pueden aportar a la sociedad.

Axel tragó saliva con dificultad. No sabía si debía reír o enfurecerse. ¿Eso era todo? ¿Eso era lo único que se esperaba de ellos? ¿Elegir un destino que no les permitiera aspirar a algo más que ser piezas de un engranaje? ¿Por qué tenía que ser así? ¿Por qué los betas no podían, al menos, soñar con ser algo más?

—Como todos saben, su función es clara: mantener el equilibrio. Ayudar en la infraestructura de la sociedad. Elegir un trabajo que sea útil, sin mayores complicaciones.

El ambiente en la clase de orientación vocacional se volvió aún más pesado cuando el profesor continuó con su monótona explicación. Axel podía sentir cómo la ira hervía dentro de él. Cada palabra del maestro era un recordatorio de lo que él y los demás betas eran: piezas sin valor en un engranaje inmutable. No importaba cuánto esfuerzo pusieran, siempre serían lo mismo. Solo eso.

Axel permanecía en silencio, con la cabeza ligeramente inclinada, escuchando atentamente. Lo que más le dolía era saber que, a pesar de sus emociones, nunca podría hacer nada. La sociedad estaba diseñada de tal manera que cualquier intento de rebelión de los betas no solo era inútil, sino peligroso. Los alfas podían hacer lo que quisieran, mientras que los omegas estaban obligados a emparejarse con ellos. Los betas, en cambio, estaban atrapados en una prisión invisible, privados de cualquier opción real de cambio.

El profesor les entregó un folleto con opciones laborales, cada una más limitada que la anterior. Riss hojeó algunas de las profesiones impresas: operario en fábricas, jardinero, limpiador. Ninguna ofrecía la posibilidad de aprender más ni de desarrollarse. Eran trabajos que solo servían para mantener el sistema funcionando, sin permitirles crecer, sin permitirles ser algo más que lo que se esperaba de ellos.

—Estos son algunos ejemplos —continuó el profesor mientras pasaba la hoja con las opciones—. Piensen en cuál se adapta más a sus capacidades. Recuerden que no se trata de ser grandes pensadores, solo de hacer lo que se necesita.

Axel, que escuchaba desde afuera, cerró los ojos por un momento, sintiendo cómo la ira crecía dentro de él. ¿Por qué siempre tenía que ser así? ¿Por qué los betas no podían tener la libertad de elegir, de amar, de ser más que una simple función?

Pero lo peor estaba por llegar.

—Como parte de su educación, los betas más destacados tendrán la oportunidad de presentar un examen de selección —anunció el profesor con voz fría, carente de emoción—. Este examen les permitirá optar por puestos en el servicio público, como capturistas de datos en el registro civil de la ciudad.

El profesor pausó, mirando a los estudiantes, como si esperara que comprendieran la "gran oportunidad" que se les ofrecía.

Axel sintió como si el aire se le escapara de los pulmones. ¿Eso era todo? ¿Eso era lo mejor que podían ofrecerles? Ser parte de una burocracia sin alma, donde los betas solo eran útiles para llevar registros de las vidas de los demás, sin poder vivir la suya propia. No podía creerlo.

El sonido de la campana indicando el fin de la clase lo sacó de sus pensamientos. Axel se levantó rápidamente. En cuanto Riss salió del aula, lo vio parado en el pasillo con la mirada perdida, sin un destello de la alegría y picardía que lo caracterizaba. Tomó su mano y caminaron sin rumbo hasta llegar al traspatio donde estaban los contenedores de basura.

Axel no quería pensar más en aquello, pero no podía dejar de sentirse impotente. Las diferencias de género entre ellos se acentuaban más y, con ello, la esperanza de su amor se esfumaba.

Riss lo tomó de los hombros y bajó un poco la cabeza para que sus miradas se encontraran.

—¿Cómo estás? —preguntó suavemente, con su tono sereno de siempre.

Axel suspiró sin atreverse a mirarla.

—No lo sé. Me siento... atrapado.

Riss lo observó con una calma extraña. Ambos caminaron en silencio hacia la siguiente clase. Axel deseaba que, al menos una vez, Riss gritara, se quejara, se enfadara. Pero no lo hizo. Permaneció impasible, como siempre.


El sonido de la última campana marcó el final del día, pero para Axel, el peso del tiempo solo se había vuelto más denso.

Caminando de regreso a sus respectivas casas, cuando llegaron al parque que solían atravesar, Axel no pudo más. Su garganta se cerró, su corazón latía tan rápido que le dolía. En ese momento, la sensación de desesperación lo alcanzó de lleno. Caminó más rápido, sus pasos erráticos y apresurados, sin rumbo. Riss lo miró con cierta preocupación, pero no dijo nada, caminando tras él con la misma serenidad que la caracterizaba.

Axel sentía que iba a explotar. La rabia, la impotencia, el dolor de saber que su amor por Riss era imposible, que jamás podría tenerla, lo estaba consumiendo. Su pecho se llenó de una presión insoportable, y un grito ahogado se le escapó, tan bajo que apenas era audible.

Las lágrimas de Axel comenzaron a fluir como caudales sin previo aviso. Riss lo miró consternada sin saber el motivo de su llanto y dio un paso hacia él. Ella había visto su dolor, pero nunca lo había visto tan vulnerable, tan roto. Con una rapidez que Axel no esperaba, ella lo abrazó, envolviéndolo en sus brazos con una calidez que no pedía permiso.

La diferencia en sus alturas se hizo evidente con el abrazo, él, siendo un omega, era bajito, delicado como una flor hermosa que había que ser protegida, y ella con una estatura más elevada, rara entre los betas pero no tan alta como un alfa. Riss permaneció en silencio por un momento, su rostro cerca del de Axel, como si estuviera escuchando, procesando su dolor.

Riss lo abrazó con más fuerza, sin decir una palabra. Axel sintió el calor de su cuerpo contra el suyo, y por un momento, la tensión en su pecho se relajó, aunque la tristeza seguía presente. Riss no lo estaba rechazando. No lo estaba apartando. Pero también sabía que, aunque podía consolarlo, no podía cambiar el destino que ambos compartían.

Axel cerró los ojos, buscando consuelo en Riss, aunque sabía que, por dentro, había algo mucho más grande que lo separaba de ella: la sociedad, las reglas que nunca podrían desafiar. Pero por un instante, en su abrazo, Axel permitió que esa pequeña chispa de esperanza lo envolviera.

El abrazo de Riss fue su refugio, aunque sabía que no podría permanecer en él para siempre. Pero por ahora, era suficiente. Mientras sus corazones latían al unísono en el silencio que los rodeaba, Axel lentamente se fue quedando sin fuerzas.

—¿Te sientes mejor? ¿Algo ocurrió? ¿Me lo puedes contar? —preguntó Riss con una mirada dulce que solo le dirigía a él. Lo que a Axel le causó una sensación agridulce, ya que si bien sabía que por más que él se aferrara a ella, no podrían ser más que amigos.

Axel se separó lentamente del abrazo de Riss, aun sintiendo su calor en la piel. No pudo evitar mirar sus ojos, buscando algo que nunca podría tener, algo que solo podía desear en silencio. Riss lo miró con suavidad, pero no hubo más palabras. Axel se alejó un paso, aún luchando por encontrar su voz.

—No... —murmuró, con el tono quebrado.


Ya en su casa, Axel cerró la puerta de su habitación con un suspiro profundo, el peso del día aún aplastándolo. Sabía que la frustración seguiría con él hasta la noche, pero no esperaba que fuera tan difícil dejarla ir. Sin embargo, era más complicado de lo que imaginaba. A medida que caminaba hacia el espejo, se dio cuenta de que su mente seguía volviendo una y otra vez a las mismas conclusiones, a los mismos pensamientos que le cortaban el aliento.

Riss no lo veía como él la veía. Era un pensamiento simple, pero devastador.

Se miró en el espejo, ajustándose el cabello con los dedos, haciéndolo caer de forma perfecta como siempre. En el reflejo, veía a un omega hermoso, con sus ojos azules brillando de una forma que él sabía que debía ser atractiva, deseable. Pero su corazón no latía por ese reflejo que se mostraba tan impecable, tan hermoso.

Lo que sentía era un vacío inmenso.

Axel se quedó mirando su imagen, sintiendo como si la persona frente a él no fuera real y, aunque se ajustara la camisa, arreglara su cabello o sonriera, nada cambiaría lo que sabía que era verdad: Riss no lo amaba.

"Soy solo un amigo omega", pensó, las palabras atravesando su mente como una daga. "Solo soy un lindo amigo para ella".

El pensamiento lo aplastó. No podía seguir engañándose. Los pequeños gestos de Riss, su cercanía, la manera en que siempre lo trataba con una amabilidad especial… Todo eso era solo cortesía, amabilidad de una amiga hacia un amigo. Y él había comenzado a confundirlo, a llenarse de falsas esperanzas, pero no había lugar para el amor en un mundo como el suyo. Los betas no podían amar, mucho menos ser amados, no estaba permitido.

Axel se sintió más pequeño que nunca, como si el aire ya no pudiera llenar sus pulmones. Su amor por Riss, tan intenso, tan puro, era solo una sombra a la que él se había aferrado por no saber qué más hacer. Era una ilusión que no podía sostener.

Sus ojos comenzaron a nublarse; él era un omega que, para su desgracia, hasta llorando era hermoso.

—¿Por qué... por qué no puedo dejar de amarla? —se preguntó en voz baja, su garganta apretada por el dolor.

Con una última mirada al espejo, Axel apretó los dientes, sintiendo la desesperación apoderarse de su pecho. No podía dejar de pensar en ella, en lo imposible que era. En cómo, a pesar de todo lo que deseaba, Riss nunca lo vería de la misma manera.

El dolor se hizo más profundo, y Axel se dejó caer sobre la cama, cubriéndose la cara con las manos. En silencio, las lágrimas fluyeron con mayor intensidad. En ese pequeño instante de vulnerabilidad, Axel supo que el amor que sentía por Riss nunca podría ser pronunciado.


Continuara...

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