Martes de Desamor: SOLDADO CAÍDO
Hola, bienvenidos a Martes de desamor. Disfruten la historia.
SOLDADO CAÍDO.
Sentado
en la banca de una capilla, frente a la imagen de la Virgen de Guadalupe,
estaba un hombre con la cabeza agachada y un ramo de rosas en la mano, mientras
afuera caía una lluvia torrencial.
Las
lágrimas corrían por su rostro; el corazón dolía más que nunca. Su uniforme
estaba empapado por la lluvia y las lágrimas.
La madera
de la banca crujía levemente bajo su peso, mientras su respiración temblorosa
se mezclaba con el sonido del agua golpeando los vitrales de la capilla. Apretó
con más fuerza el ramo de rosas, sintiendo las espinas clavarse en su piel,
pero el dolor físico no era nada comparado con el que consumía su pecho.
—Perdóname...
—susurró con voz quebrada, apenas audible en la inmensidad del templo vacío.
Sus dedos
temblaron al soltar una de las flores sobre el suelo de mármol. El pétalo rojo
contrastó con el frío blanco del piso, como una herida abierta.
Afuera,
la tormenta rugió con más fuerza. Un trueno iluminó el altar por un instante,
proyectando su sombra temblorosa sobre la pared, como si el cielo también
llorara con él.
Cerró los
ojos, sintiendo cómo la humedad se adhería a su piel, y recordó la última vez
que estuvo en ese mismo lugar… aquella vez no estaba solo.
Aquella vez estaba con Emily, su prometida. Recordaba cómo, entre risas y alegría, prometieron volver para entregar su ramo de casamiento. Pero nunca imaginó que, al regresar de su servicio, se encontraría con que su prometida ya estaba casada con otro… pero no con cualquier otro hombre, sino con su hermano mayor.
El peso
de aquel recuerdo se hundió en su pecho como una piedra lanzada al fondo de un
río. Sus dedos se crisparon sobre las rosas, y su labio inferior tembló
mientras la amargura le subía por la garganta.
Emily… su
Emily. La mujer a la que le había prometido amor eterno, a la que había jurado
volver para casarse con ella. ¿Cómo pudo? ¿Cómo pudo olvidarlo tan rápido?
Las
palabras de su madre resonaban en su mente como un eco lejano, aquellas que le
dijeron cuando regresó a casa, con el uniforme impecable pero el alma rota:
"Tienes
que entenderlo, hijo… La vida sigue."
Pero su
vida no siguió. Se quedó atrapado en aquel momento.
Su
hermano mayor… el hombre que siempre lo había superado en todo. El hijo
ejemplar, el orgullo de la familia, el que nunca fallaba. Y ahora también le
había arrebatado a la mujer que amaba.
Un nuevo
trueno retumbó en la distancia, arrancándolo de sus pensamientos. Sus labios se
torcieron en una sonrisa amarga mientras otra lágrima caía sobre su mano.
—Dime,
Madre —susurró, mirando el rostro sereno de la Virgen—, ¿Cómo se sigue adelante
cuando todo lo que eras ya no existe?
Pero el
templo guardó silencio. Solo la lluvia respondió, arrastrando su lamento hacia
la nada.
Dejó el
ramo en el atrio de la Virgen de Guadalupe y, con una sonrisa amarga, murmuró:
—Te dejo
el amor que no tuvo un final feliz. Limpia mi corazón y cierra la herida.
Se incorporó con movimientos lentos y, antes de irse, volvió la vista a la Virgen una última vez.
Mientras
afuera la tormenta parecía no detenerse, una fiesta de aniversario de
matrimonio en un lujoso salón de hotel tampoco daba tregua.
Llegó el
momento del brindis que la pareja había preparado para su familia y amigos.
Abrazados en un pequeño escalón de las elegantes escaleras del salón, dieron un
emotivo discurso. Los asistentes, con aplausos y copas de champagne levantadas,
celebraban a los casados.
Emily
sintió una penetrante mirada sobre ella. Al dirigir sus ojos en esa dirección,
su cuerpo se entumeció con un profundo escalofrío.
"Víctor..." pensó para sí misma.
El pobre
soldado que fue su amor durante la adolescencia y a quien juró esperar… cosa
que al final no sucedió.
Víctor
levantaba una copa mirándola fijamente, pero ella no podía descifrar la
intención de su mirada. ¿Qué iba a hacer? ¿Venía a armar un escándalo? ¿Qué
pretendía presentándose a una celebración a la que no estaba invitado?
Víctor se
veía regio, enfundado en un traje caro de marca, tan atractivo, pero a la vez
lúgubre, como quien ha visto lo peor del mundo y ha salido sin corazón. Él
seguía alzando su copa cuando, de pronto, una canción inesperada sonó.
El
maestro de ceremonias anunció que era un regalo sorpresa para la pareja,
enviado por un familiar. Mientras la canción romántica sonaba de fondo, se
proyectaron fotos de los esposos, felices.
Víctor se
llevó la copa a los labios, la bebió hasta el fondo y, al pasar un mesero, dejó
la copa vacía en la bandeja. Luego, se perdió entre los invitados.
Emily lo
siguió con la mirada hasta que lo perdió de vista, como hipnotizada. Cuando
volvió en sí, forzó una sonrisa para su esposo y los asistentes.
En cuanto
pudo, se escabulló de la fiesta y corrió hacia la salida. Lo encontró
refugiándose de la lluvia bajo la marquesina del hotel.
—Yo…
—intentó decir Emily—. ¿A qué viniste? —Por fin logró articular.
—A
felicitarlos —respondió Víctor, sin dejar ver la más mínima emoción en su
rostro.
—Traté de
esperarte, pero… yo… —Emily no sabía cómo decir lo que quería decir.
—El
desamor también es amor —dijo Víctor con una voz tan triste que contrastaba con
su impecable apariencia—. Te amo profundamente y solo deseo que seas la mujer
más feliz del mundo. Vive bien y no me recuerdes. Bórrame de tu mente, enfócate
en ti, en ser feliz…
—Yo…
Perdón… Es que… —Emily no lograba ni siquiera hilar una frase correctamente.
Había
imaginado muchas veces aquel encuentro, repasando en su mente las palabras que
usaría para justificarse, incluso ideando una forma de escapar si la situación
se volvía violenta. Pero nunca pensó en la posibilidad de que Víctor
simplemente la maldijera deseándole felicidad.
—Es la
una y cuarto, estoy un poco ebrio y cansado —dijo Víctor, volviendo a su
expresión estoica, como quien quiere zafarse de una conversación poco
importante.
Emily
comenzó a sollozar. No quería dejarlo ir, pero tampoco encontraba una razón
para hacer que se quedara.
—¿A dónde
irás? —atinó a preguntar.
Él solo
sonrió como respuesta, pero no dijo nada.
Un coche
negro deportivo se detuvo frente a la marquesina, y el valet parking le entregó
las llaves a Víctor.
—Entiendes
que no podemos ser siquiera familia o amigos. No seas tan casual con un
desconocido —dijo él, antes de girarse.
El
celular de Emily comenzó a sonar. No quería contestar, pero la insistencia del
tono la obligó a hacerlo.
Víctor la
miró por última vez y, con apenas un susurro, dijo:
—Estoy
renunciando a ti.
Subió a
su coche y se marchó tan rápido que a ella no le dio tiempo de reaccionar para
detenerlo.
Ahí, en esa oscura madrugada de tormenta, un trueno cruzó el cielo, y la luz se fue en casi toda la ciudad.
Comentarios
Publicar un comentario