Una Boda para recordar.

 


Capitulo 1

Un hermoso vestido blanco de novia, tan puro como la promesa que Amelia le había hecho a Santiago: su eterno amor de toda su vida. Amelia y Santiago habían sido novios desde la infancia. La promesa de casarse una vez que fueran mayores hizo que ella pensara que su cuento de hadas terminaría en un final feliz, con ellos envejeciendo juntos.

Ahora, tendida en el suelo con una mancha escarlata tiñendo su hermoso vestido blanco, cuidadosamente escogido, se preguntaba: “¿Cómo había sido posible que el día que ella pensó que sería el más feliz de sus vidas terminara tan mal?”

Dicen que al morir, tu vida pasa ante tus ojos, pero Amelia nunca se imaginó que para ella esto sería cierto. Desafortunadamente, sus recuerdos estaban llenos de Santiago y del falso amor que le profería. Amelia sintió el frío del suelo filtrándose en su piel, como la fría traición de Santiago. Su vida se escapaba, pero lo curioso era que, mientras más se acercaba a la muerte, menos dolor sentía en la herida que se llevaba su vida.

Todo le parecía tan lejano; los gritos, el llanto de su familia y amigos. Algo sintió en su cuerpo, algo cálido. Parecía el abrazo de Santiago. “Lástima”, pensó ella. Si pudiera, si su cuerpo la obedeciera, lo apartaría de encima a golpes y gritos, pero su cuerpo ya no le respondía.

Su mente divagó, recordando un hermoso campo de pequeñas flores amarillas, rosas y azules, cuando tenía apenas ocho años. Una tarde, Santiago le tomó la mano y le dijo que algún día se casarían. Habían hecho un anillo con una flor de margarita, y él la había coronado como su futura esposa con una sonrisa infantil y sincera. Amelia no recordaba un solo día desde entonces en el que Santiago no la reconociera como su futura esposa y compañera. “Vaya tonta”, se reprochó Amelia. ¿Por qué su mente se aferraba a un cálido pero mentiroso recuerdo, uno que le había hecho creer que Santiago era su destino?

Una pequeña brisa acarició su cara. “¿No estaba yo muerta?” Pensó Amelia. Lentamente, abrió los ojos. Su sorpresa fue grande al darse cuenta de que estaba flotando junto a su cuerpo tirado en el suelo, con Santiago aferrándose a ella, llorando a gritos y pidiendo perdón. ¡Increíble! Su alma aún permanecía allí, sin túnel ni luz; solo parecía flotar alrededor. ¿Se quedaría allí para siempre? ¿No había cielo ni infierno? ¿Tal vez reencarnación? Al menos ya no sentía dolor físico, pero el dolor de la traición seguía intacto.

De repente, se escuchó la canción “Perfect” en el salón de la boda. Amelia volteó hacia la proyección, que emitía fotos de ella con Santiago en sus momentos felices. La imagen cambió bruscamente, mostrando fotos de Santiago saliendo de cenas y hoteles en diferentes ocasiones con Sussy y Violeta, la hermana y la amiga de Amelia. Los murmullos crecieron entre los invitados. El aire se llenó de críticas hacia los tres traidores.

Amelia parecía arrastrada a un nuevo recuerdo, con el sonido de la canción de fondo. Ahora veía todo como si fuera una película en el cine. Esta vez, el recuerdo la llevaba a su baile de graduación. Estaba vestida con un hermoso vestido azul celeste, bailando con Santiago. Recordaba cómo, en ese tiempo, su familia atravesaba una difícil situación económica, y ella pensaba que no podría asistir al baile por no tener dinero para comprar un vestido. La empresa de su padre había ido a huelga, y él no había recibido salario durante meses. Para apoyar a su padre, su madre y Amelia habían montado un pequeño puesto de comida para cubrir los gastos de la casa y sus hermanos menores. Resignada, Amelia se fue a su cuarto para leer un libro. Fue entonces cuando Santiago apareció en su puerta con un hermoso vestido azul celeste para ella. El recuerdo terminaba con Santiago y Amelia abrazados, bailando en medio de la pista del salón del baile de graduación.

“Cálido”, pensó Amelia, volviendo al presente, donde la realidad era que ella estaba muriendo. Al regresar a la actualidad, su cuerpo ya no estaba tirado en el salón de la boda. Ahora se encontraba en una ambulancia, con su madre sosteniendo su mano. Amelia quiso consolar a su madre, pero su mano atravesaba su cuerpo. “Lo siento, mamá”, susurró Amelia.

Al llegar al hospital, ingresaron inmediatamente a cirugía, pero su alma flotaba alrededor de su familia en la sala de espera. Amelia vio llegar a Santiago al hospital, ya no se veía como el tipo guapo y pulcro que ella recordaba. Su aspecto era desalineado con la ropa llena de sangre y un rostro exhausto. Santiago fue recibido hostilmente por sus padres.

El padre de Amelia se le fue encima a los golpes, mientras la madre le gritaba:
—¡Vete! No tienes nada que hacer aquí.
—¡Tengo derecho, es mi esposa! —replicó Santiago.

—¡Papá! ¡Ya, por favor! —exclamó Sofí, una de las hermanas menores de Amelia—. Cálmate un poco, papá, o la seguridad del hospital los va a sacar a los dos.

Los ánimos se calmaron cuando apareció el doctor.
—¿Doctor, cómo está mi bebé? —preguntó la madre de Amelia, con la voz quebrada.
—Estamos haciendo todo lo posible, pero necesitarán traer donadores. Ha perdido mucha sangre —respondió el doctor, con el rostro serio.
—No se preocupe, haga todo lo posible. Yo me encargo de eso. Por favor, salve a mi esposa, por favor —dijo Santiago, con una expresión tan descompuesta que Amelia nunca le había visto.

“Si estoy viva, ¿por qué no siento nada? ¿Por qué mi alma está fuera de mi cuerpo?” Amelia flotaba alrededor de su familia, todavía desconcertada. Decidió seguir al doctor cuando este regresaba al quirófano. Quería ver su cuerpo, tratar de entender si estaba viva o muerta.

En el quirófano, al ver su cuerpo rodeado de equipo médico, parecía estar mirando a otra persona. No se sentía conectada de ninguna forma con ese cuerpo tendido en la mesa. “¿Estoy muerta? … Sí, tal vez sea eso.” Pensó.

De repente, una sensación de ahogo la invadió. “¿Qué es esto? No puedo respirar…” Amelia miró nuevamente su cuerpo y se dio cuenta de que la sensación de ahogo provenía de su cuerpo, que se ahogaba con su propia sangre. Los médicos y enfermeras empezaron a alertarse con la nueva complicación.

Una vez más, su mente la llevó a un nuevo recuerdo, impulsado por la sensación de ahogo.

Tenían quince años cuando ocurrió. Ella y Santiago habían ido al río con un grupo de amigos. Era una tarde de verano, y Amelia, siempre temeraria, había subido a una roca alta, desafiando a los demás a saltar. Pero al intentarlo, su pie resbaló y perdió el equilibrio. Recordó el grito de sus amigas y el vacío en su estómago al caer.

El impacto con el agua fue brutal, y la corriente la arrastró con fuerza. Su vestido flotaba a su alrededor, y el pánico la paralizó. Intentó nadar, pero sus brazos parecían no responderle. Justo cuando creyó que el agua la consumiría, unas manos firmes la sujetaron.

Santiago había saltado tras ella sin dudarlo, abrazándola con fuerza mientras la llevaba a la superficie. Amelia tosió agua, aferrándose a él con desesperación. Cuando llegaron a la orilla, Santiago se quedó con ella, acariciándole el cabello empapado, susurrándole que todo estaba bien.

—Qué ironía —pensó Amelia—. Me salvaste para morir a manos de tus amantes, mejor me hubieras dejado morir.

La visión de su recuerdo se desvaneció cuando su mente la sacó de allí, llevándola nuevamente al quirófano, donde vio cómo su corazón entraba en paro cardíaco. Los médicos luchaban por salvarla.

Amelia flotaba alrededor, mirando a los médicos y enfermeras exhaustos, tratando de salvarle la vida. De repente, sintió una pena inexplicable por esos desconocidos que llevaban horas intentando mantenerla con vida. “Ojalá pudieran ir a sus casas con sus familias...” Mientras se reprochaba, su corazón volvió a latir. Los médicos determinaron que ya no se podía hacer más, que todo dependía de cómo su cuerpo evolucionaba.

—Qué raro, no me siento viva —se dijo en voz alta.

—No estás muerta, todavía —le dijo una voz suave. Amelia se giró para ver a un bello niño de ojos miel, cabello negro y piel tan blanca que parecía casi transparente.

—¿Quién…? —quiso preguntar Amelia, sorprendida.

—¿No me recuerdas? —preguntó el niño, con una sonrisa tenue.

Continuara...

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