Una Boda para recordar.
Un hermoso vestido blanco de novia, tan puro como la promesa que Amelia
le había hecho a Santiago: su eterno amor de toda su vida. Amelia y Santiago
habían sido novios desde la infancia. La promesa de casarse una vez que fueran
mayores hizo que ella pensara que su cuento de hadas terminaría en un final feliz,
con ellos envejeciendo juntos.
Ahora, tendida en el suelo con una mancha escarlata tiñendo su hermoso
vestido blanco, cuidadosamente escogido, se preguntaba: “¿Cómo había sido
posible que el día que ella pensó que sería el más feliz de sus vidas terminara
tan mal?”
Dicen que al morir, tu vida pasa ante tus ojos, pero Amelia nunca se
imaginó que para ella esto sería cierto. Desafortunadamente, sus recuerdos
estaban llenos de Santiago y del falso amor que le profería. Amelia sintió el
frío del suelo filtrándose en su piel, como la fría traición de Santiago. Su
vida se escapaba, pero lo curioso era que, mientras más se acercaba a la
muerte, menos dolor sentía en la herida que se llevaba su vida.
Todo le parecía tan lejano; los gritos, el llanto de su familia y
amigos. Algo sintió en su cuerpo, algo cálido. Parecía el abrazo de Santiago.
“Lástima”, pensó ella. Si pudiera, si su cuerpo la obedeciera, lo apartaría de
encima a golpes y gritos, pero su cuerpo ya no le respondía.
Su mente divagó, recordando un hermoso campo de pequeñas flores
amarillas, rosas y azules, cuando tenía apenas ocho años. Una tarde, Santiago
le tomó la mano y le dijo que algún día se casarían. Habían hecho un anillo con
una flor de margarita, y él la había coronado como su futura esposa con una
sonrisa infantil y sincera. Amelia no recordaba un solo día desde entonces en
el que Santiago no la reconociera como su futura esposa y compañera. “Vaya
tonta”, se reprochó Amelia. ¿Por qué su mente se aferraba a un cálido pero
mentiroso recuerdo, uno que le había hecho creer que Santiago era su destino?
Una pequeña brisa acarició su cara. “¿No estaba yo muerta?” Pensó
Amelia. Lentamente, abrió los ojos. Su sorpresa fue grande al darse cuenta de
que estaba flotando junto a su cuerpo tirado en el suelo, con Santiago
aferrándose a ella, llorando a gritos y pidiendo perdón. ¡Increíble! Su alma
aún permanecía allí, sin túnel ni luz; solo parecía flotar alrededor. ¿Se
quedaría allí para siempre? ¿No había cielo ni infierno? ¿Tal vez
reencarnación? Al menos ya no sentía dolor físico, pero el dolor de la traición
seguía intacto.
De repente, se escuchó la canción “Perfect” en el salón de la boda.
Amelia volteó hacia la proyección, que emitía fotos de ella con Santiago en sus
momentos felices. La imagen cambió bruscamente, mostrando fotos de Santiago
saliendo de cenas y hoteles en diferentes ocasiones con Sussy y Violeta, la
hermana y la amiga de Amelia. Los murmullos crecieron entre los invitados. El
aire se llenó de críticas hacia los tres traidores.
Amelia parecía arrastrada a un nuevo recuerdo, con el sonido de la
canción de fondo. Ahora veía todo como si fuera una película en el cine. Esta
vez, el recuerdo la llevaba a su baile de graduación. Estaba vestida con un
hermoso vestido azul celeste, bailando con Santiago. Recordaba cómo, en ese
tiempo, su familia atravesaba una difícil situación económica, y ella pensaba
que no podría asistir al baile por no tener dinero para comprar un vestido. La
empresa de su padre había ido a huelga, y él no había recibido salario durante
meses. Para apoyar a su padre, su madre y Amelia habían montado un pequeño
puesto de comida para cubrir los gastos de la casa y sus hermanos menores.
Resignada, Amelia se fue a su cuarto para leer un libro. Fue entonces cuando
Santiago apareció en su puerta con un hermoso vestido azul celeste para ella.
El recuerdo terminaba con Santiago y Amelia abrazados, bailando en medio de la
pista del salón del baile de graduación.
“Cálido”, pensó Amelia, volviendo al presente, donde la realidad era que
ella estaba muriendo. Al regresar a la actualidad, su cuerpo ya no estaba
tirado en el salón de la boda. Ahora se encontraba en una ambulancia, con su
madre sosteniendo su mano. Amelia quiso consolar a su madre, pero su mano
atravesaba su cuerpo. “Lo siento, mamá”, susurró Amelia.
Al llegar al hospital, ingresaron inmediatamente a cirugía, pero su alma
flotaba alrededor de su familia en la sala de espera. Amelia vio llegar a
Santiago al hospital, ya no se veía como el tipo guapo y pulcro que ella
recordaba. Su aspecto era desalineado con la ropa llena de sangre y un rostro
exhausto. Santiago fue recibido hostilmente por sus padres.
El padre de Amelia se le fue encima a los golpes,
mientras la madre le gritaba:
—¡Vete! No tienes nada que hacer aquí.
—¡Tengo derecho, es mi esposa! —replicó Santiago.
—¡Papá! ¡Ya, por favor! —exclamó Sofí, una de las hermanas menores de Amelia—.
Cálmate un poco, papá, o la seguridad del hospital los va a sacar a los dos.
Los ánimos se calmaron cuando apareció el doctor.
—¿Doctor, cómo está mi bebé? —preguntó la madre de Amelia, con la voz quebrada.
—Estamos haciendo todo lo posible, pero necesitarán traer donadores. Ha perdido
mucha sangre —respondió el doctor, con el rostro serio.
—No se preocupe, haga todo lo posible. Yo me encargo de eso. Por favor, salve a
mi esposa, por favor —dijo Santiago, con una expresión tan descompuesta que
Amelia nunca le había visto.
“Si estoy viva, ¿por qué no siento nada? ¿Por qué
mi alma está fuera de mi cuerpo?” Amelia flotaba alrededor de su familia,
todavía desconcertada. Decidió seguir al doctor cuando este regresaba al
quirófano. Quería ver su cuerpo, tratar de entender si estaba viva o muerta.
En el quirófano, al ver su cuerpo rodeado de equipo
médico, parecía estar mirando a otra persona. No se sentía conectada de ninguna
forma con ese cuerpo tendido en la mesa. “¿Estoy muerta? … Sí, tal vez sea
eso.” Pensó.
De repente, una sensación de ahogo la invadió.
“¿Qué es esto? No puedo respirar…” Amelia miró nuevamente su cuerpo y se dio
cuenta de que la sensación de ahogo provenía de su cuerpo, que se ahogaba con
su propia sangre. Los médicos y enfermeras empezaron a alertarse con la nueva
complicación.
Una vez más, su mente la llevó a un nuevo recuerdo,
impulsado por la sensación de ahogo.
Tenían quince años cuando ocurrió. Ella y Santiago
habían ido al río con un grupo de amigos. Era una tarde de verano, y Amelia,
siempre temeraria, había subido a una roca alta, desafiando a los demás a
saltar. Pero al intentarlo, su pie resbaló y perdió el equilibrio. Recordó el
grito de sus amigas y el vacío en su estómago al caer.
El impacto con el agua fue brutal, y la corriente
la arrastró con fuerza. Su vestido flotaba a su alrededor, y el pánico la
paralizó. Intentó nadar, pero sus brazos parecían no responderle. Justo cuando
creyó que el agua la consumiría, unas manos firmes la sujetaron.
Santiago había saltado tras ella sin dudarlo,
abrazándola con fuerza mientras la llevaba a la superficie. Amelia tosió agua,
aferrándose a él con desesperación. Cuando llegaron a la orilla, Santiago se
quedó con ella, acariciándole el cabello empapado, susurrándole que todo estaba
bien.
—Qué ironía —pensó Amelia—. Me salvaste para morir
a manos de tus amantes, mejor me hubieras dejado morir.
La visión de su recuerdo se desvaneció cuando su
mente la sacó de allí, llevándola nuevamente al quirófano, donde vio cómo su
corazón entraba en paro cardíaco. Los médicos luchaban por salvarla.
Amelia flotaba alrededor, mirando a los médicos y
enfermeras exhaustos, tratando de salvarle la vida. De repente, sintió una pena
inexplicable por esos desconocidos que llevaban horas intentando mantenerla con
vida. “Ojalá pudieran ir a sus casas con sus familias...” Mientras se
reprochaba, su corazón volvió a latir. Los médicos determinaron que ya no se
podía hacer más, que todo dependía de cómo su cuerpo evolucionaba.
—Qué raro, no me siento viva —se dijo en voz alta.
—No estás muerta, todavía —le dijo una voz suave. Amelia se giró para ver a un bello niño de ojos miel, cabello negro y piel tan blanca que parecía casi transparente.
—¿Quién…? —quiso preguntar Amelia,
sorprendida.
—¿No me recuerdas? —preguntó el
niño, con una sonrisa tenue.

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