Sábados de puro amor: 101 Citas para encontrar el Amor

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Capítulo 1: El amor está alrededor.




En vísperas de San Valentín, la Universidad de la ciudad M se pintaba de color rojo y el amor flotaba por todos lados, cual nubes en el cielo. Amely, una estudiante del departamento de moda, no odiaba en especial el día, pero tampoco era su favorito. Nunca había tenido suerte en el amor, aunque tampoco estaba cerrada a encontrarlo.

En la secundaria, cuando tuvo a su primer novio —un chico un año mayor que ella—, resultó ser gay y estaba descubriendo sus preferencias. Así que, en lugar de un novio deficiente, ganó a su más leal amigo y cómplice, lo cual Amely no tomó como una pérdida. Su siguiente relación fue en su último año de preparatoria, pero terminó tan rápido como la chispa de un encendedor.

—¿En qué piensas? —preguntó Gero, su leal y cómplice mejor amigo (su primer ex), mientras acomodaba un trozo de tela en su maniquí.

—Tú me diste mala suerte en el amor, baboso —contestó Amely con una mirada fulminante.

—¡¿Yo?! —Gero la miró, muy confundido.

—Nah… olvídalo —suspiró Amely—. Pásame más alfileres, por favor.

—Cariño, tal vez no has conocido al indicado.

—Ah, no. Tú no tienes derecho a consolarme —dijo Amely, indignada—. Eres el menos indicado. Tú tienes el novio perfecto… ¡Dios, por qué no nací chico y gay para robártelo! ¡Aggg! —exclamó con dramatismo.

—Ni modo, soporta —soltó una risita Gero—. En realidad, a veces siento que yo estoy más enamorado de él que él de mí.

—No digas eso, Hernán te ama mucho.

Amely sabía bien lo que decía. Casi dos meses antes de San Valentín, Hernán se le había acercado para pedirle consejo sobre cómo darle a Gero la mejor celebración posible. Eso la sorprendió bastante. Hernán era un chico tranquilo, un tanto nerd, pero un nerd medianamente guapo.

Recordó la primera vez que Gero se lo presentó. Nunca pudo creer que su mejor amigo, una chispa de alegría andante, lleno de brillo y extravagancia, pudiera caer rendido por un chico tan serio.

—No quiero que me cambie por otro —Gero mostró un rostro verdaderamente preocupado—. Últimamente me ha estado ignorando un poco, ¿sabes?

—No, ¿cómo crees? ¿En serio? —preguntó, incrédula.

—Ayer quise seducirlo con una ropa súper sexy que me hice, lo invité a ver una peli en casa y me dijo que estaba ocupado, que tal vez otro día —dijo Gero con un tono dramático.

Amely sintió un pequeño golpe de culpa al recordar que, precisamente ayer, pasó varias horas con Hernán buscando el regalo perfecto para Gero. Durante ese tiempo, se dio cuenta de que se sentía un poquito sola y, en el fondo, envidiaba la relación de sus amigos.

—Es que tú no sabes lo popular que es en el departamento de Ingeniería —continuó Gero, con un tono preocupado—. Una vez fui a buscarlo porque íbamos al cine y estaba rodeado de tanta gente que no me dejaban acercarme. Todos querían que les explicara algo y yo…

—¿Te sentiste celoso?

—También, pero… me da vergüenza decir que sentí que tal vez soy menos maravilloso que él y no le quedo… —Gero hizo un puchero—. Tal vez estaría mejor con alguien más.

—¿Estás loco? ¡Ustedes son perfectos juntos! —protestó Amely.

—¿No decías tú que Hernán era aburrido?

Amely, indignada, pensó para sí misma: “Ah, no, bebé. Hernán y yo nos hemos estado esforzando mucho para que este San Valentín sea inolvidable para ti y no te lo vas a arruinar solo”. Al principio, sí había pensado que Hernán era demasiado aburrido para su extravagante amigo, pero después de pasar dos meses ayudándolo con la cita, entendió por qué Gero había caído rendido ante él.

Si bien Hernán parecía un chico normal a simple vista, un nerd de la electrónica cualquiera, su punto fuerte era hacer sentir especial a cualquier persona que estuviera a su alrededor. Tenía una voz tranquila, serena y seria, pero de vez en cuando apasionada cuando hablaba de lo que amaba. Y al escuchar a Hernán hablar de Gero, Amely comprendió lo mucho que lo quería.

—Mamá te aprueba, cariño —pensó Amely en voz alta.

—¡Te estoy contando mis problemas, tonta, y tú te vas en tu mente pensando sabe qué perversiones! ¡Loca!

Amely soltó una sonora risa, pensando que, si Gero supiera que estaba pensando en Hernán, probablemente ya estaría muerta. Ya se imaginaba el titular de las noticias:

"Chica desaparecida encontrada severamente torturada y muerta por crimen de celos perpetrado por su mejor amigo."

—Olvídalo. No es que no te esté poniendo atención, es solo que Hernán te quiere mucho. Tranquilo, espera un poco. Tal vez sí ha estado ocupado.

—Bueno, pasemos de tema. Oye, ¿qué tal si me acompañas a una adivina? —preguntó Gero.

—No lo sé, no creo en esas cosas. Hasta donde yo sabía, tú tampoco creías. Loco.

—No creía, y aún pienso que muchos son mentirosos, pero… No le he dicho esto a nadie, así que prométeme que no me vas a criticar ni a decir nada.

—Lo prometo.

—Antes de conocer a Hernán, estaba tan cansado de los tipos raros con los que salía… Ya ves que mi tía iba a hacer una fiesta por su cumpleaños y trajo a una adivina. Nos leyó las cartas a todos. Yo no quería, pero mi tía me insistió mucho y, ya sabes, es mi tía favorita. La adivina me dijo que aceptara la cita con el hijo de la amiga de mi mamá porque ahí iba a encontrar el amor. Mi mamá se puso contentísima y dijo que ella tenía razón, que ese chico era perfecto para mí.

—Lo viste y fue amor a primera vista —dijo Amely con voz melosa.

—¡No interrumpas, loca!

—Perdón, continúa.

—Fui a la cita que mi mamá y su amiga organizaron. No me gustó a primera vista, no sentí que fuera nada especial. Platicamos un rato y yo ya me quería ir, pero seguía sonriendo y siendo amable, según yo. Todo eso para decirle a mi mamá: “¿Ya ves? ¿Ya ves? Déjame buscar mis propios novios”. En verdad me tenía cansado, porque desde que le dije que era gay, fue como si ella estuviera viviendo mi homosexualidad por mí. ¡Qué frustrante!

—Sí, me acuerdo.

—En fin, Hernán me miró y me dijo: “Si no quieres estar aquí, te puedes ir”. Yo pensé: ¿¡Quéee!? Lo miré y le solté: “¿En serio eres gay o solo estás fingiendo?”.

Amely se rió.

—¡Qué descarado eres!

—Lo sé. Pero él me contestó: “No tengo que vestirme como reina de la noche ni hacer el ridículo para que otras personas me aprueben. Mi familia me ama como soy, y yo no me siento ni diferente ni especial. Soy una persona como cualquier otra. Lo que haga en mi cama no le incumbe a nadie más que a mí y a mi pareja”.

Amely abrió la boca sorprendida.

—¡Wow!

—Bueno, entonces me voy, eres muuuuy aburrido le dije y me paré como toda una diva para irme, pero… ¿qué crees, amiga?

—¿Qué? —preguntó Amely con curiosidad.

—Se me había roto el pantalón ajustadito plateado que llevaba.

—No…

—Sí. Yo pensé: "Ese postre que me comí… ¡No estoy gordo!". Me senté de nuevo en la silla más rápido que Rayo McQueen. Me puse de mil colores y no podía ni verlo a la cara.

—¡Qué vergüenza!

—¡Cállate y escucha! Él le dijo a la camarera que le trajera una rebanada de pastel. Yo moría de la pena y él me miraba con intensidad mientras se lo comía.

—Qué raro, ¿no?

—Sí, y luego me dijo: "¿Eres tan orgulloso que no vas a pedir ayuda?". Lo miré al fin, muy molesto. Entonces, él se paró para ir a pagar la cuenta y yo no sabía qué hacer. Pensé en llamarte, pero luego regresó y me dio su suéter. "Vámonos, te dejo en tu casa", dijo. No sé por qué, pero daba órdenes y yo solo lo seguía. Fue muy raro, como si supiera cómo lidiar conmigo.

—¿Y luego? —preguntó Amely, cada vez más intrigada.

—Todo el camino al estacionamiento me sujetó por la cintura y me mantuvo muy cerca de él… y yo ya estaba muy deseoso de que me tocara más. No sé qué me pasó, amiga.

—Eres un loco caliente.

—Sí, también lo pensé. Hasta me dije a mí mismo: "Ya cálmate, ¿cómo te vas a poner caliente con un tipo como este?".

Amely soltó una carcajada.

—¡Por Dios!

—No me di cuenta de cuándo paramos enfrente de una tienda de ropa. Pero no cualquier tienda, amiga… ¡Era mi marca favorita!

—¡No puede ser!

—Me preguntó: "¿No te vas a bajar?", pero yo no traía dinero suficiente para comprarme algo ahí. Apenas me alcanzaba para unos calcetines, y estamos de acuerdo en que con unos calcetines no me iba a cubrir el hoyo en el trasero.

Amely se cubrió la boca para no reír.

—Bueno, me bajé e hice como que veía algo aquí y allá. Me puse muy nervioso, pensando en cómo podía pagar algo ahí. Entonces me dijo: "Toma, prueba con esto".

Me quedé viendo los pantalones azul agua más hermosos que había visto en mi vida.

—¿Tus pantalones favoritos? —preguntó Amely, incrédula.

Ella siempre se había preguntado cómo Gero había obtenido unos pantalones tan caros. Ni de chiste su madre se los compraría y, para ser francos, Gero no era del tipo ahorrador.

—¡Esos mismos! Me los puse en el probador y me quedaban divinos. Yo moría, quería llevarme los pantalones puestos, pero estaban súper caros.

—¿Y qué hiciste?

—"Sal ya del probador, está sonando tu celular. Un tal 'amorcito'", me dijo.

—¡¿Qué?!

—Salí corriendo del probador y le arrebaté el celular. Esta cita era un desastre y se ponía cada vez peor. —dijo Gero con gesto dramático.

—¿Pero quién te marcó? —preguntó Amely.

Continuara….



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