Jueves de Omegaverse: Para mi amor en Beta
Hola, bienvenidos a Jueves de Omegaverse. Esta historia esta dedicada a un querido amigo del blog que se nos fue muy pronto. Disfruten de este capitulo.
El cielo
apenas se iluminaba cuando el reloj de la mesita de noche marcó las 5:45 a. m.,
pero Axel ya estaba despierto. Apagó la alarma antes de que sonara del todo,
acostumbrado a la rutina. Los primeros rayos del sol se filtraban tímidamente a
través de las cortinas, bañando su habitación con una luz cálida y anaranjada.
Se estiró con suavidad, disfrutando por unos segundos del silencio de la
mañana. No era necesario que se levantara tan temprano, pero había un momento del
día que esperaba con ansias: caminar junto a Riss hasta la escuela.
Se vistió
con cuidado, asegurándose de que su uniforme estuviera perfecto. Con
movimientos pausados, Axel se puso de pie y comenzó a prepararse. Revisó su
uniforme, asegurándose de que no tuviera arrugas. La camisa blanca estaba
perfectamente planchada, y los pantalones oscuros ajustados caían justo como
debían. El toque final: un suéter gris que le quedaba ligeramente grande pero
que, según su reflejo en el espejo, le daba un aire "casual pero
presentable". Se pasó los dedos por su cabello rubio oscuro, acomodándolo
de forma que pareciera natural, aunque sabía que lo había ensayado frente al
espejo más veces de las que admitiría. Se arregló tanto hasta que sus ojos
azules, que miraban inquietamente el espejo, quedaron satisfechos. Después de
todo, era un omega hermoso y orgulloso.
Mientras
se ataba los zapatos, su mente divagó hacia Riss. Su presencia tenía un aire
elegante y relajado a la vez, como si no le importara destacar, pero siempre lo
hacía. Sus ojos, de un negro azulado, parecían siempre tranquilos, como si nada
pudiera alterar su paz interior. Sin embargo, cuando esos ojos lo miraban a él,
algo cambiaba: tomaban un brillo especial, como si en esos momentos ella
realmente estuviera presente, conectada. Axel vivía para esos destellos.
Riss no
era como los demás betas que Axel conocía. Su cabello negro azulado, que
combinaba con sus ojos, le daba una apariencia elegante, y su forma de vestir
—siempre con chaquetas holgadas pero bien arregladas y pantalones oscuros—
hacía que pareciera más alfa que beta. Pero no era solo su apariencia lo que
hacía que Axel sintiera ese cosquilleo extraño en el estómago; era la forma en
que lo miraba, como si siempre tuviera tiempo para escuchar lo que tenía que
decir, incluso sus tonterías.
La casa
de Riss estaba justo al lado, lo suficientemente cerca como para escuchar
cuando su puerta se abría. Axel había memorizado ese sonido; era como una señal
que marcaba el inicio de algo especial. Con la mochila al hombro, salió de su
casa y respiró profundamente el aire fresco de la mañana. Caminó hasta la
puerta de Riss, donde el ritual de cada día lo esperaba.
Riss ya
estaba saliendo.
—Buenos
días, Axel —dijo con una sonrisa serena, su voz rasposa por el sueño.
Axel
sintió que su corazón daba un pequeño salto, pero se limitó a encogerse de
hombros, fingiendo indiferencia. Había algo en su tono, en la manera en que
decía su nombre, que hacía que todo su cuerpo se sintiera ligero.
—Buenos
días, Riss. ¿Lista para enfrentar otro día de clases?
—Más o
menos —respondió ella, con una sonrisa serena que parecía estar a punto de
convertirse en una risa.
Mientras
caminaban juntos por las calles aún desiertas, Axel pensó que esos momentos
eran su pequeño paraíso. El camino a la escuela siempre era el mejor momento
del día para él. Las calles estaban tranquilas, apenas comenzaban a llenarse de
vida. Los faroles aún brillaban débilmente, y las hojas de los árboles crujían
bajo sus pasos.
A veces
hablaban de cosas triviales, como las materias que más les aburrían o el clima.
Pero otras veces, Riss compartía detalles de su vida que Axel atesoraba como
secretos preciosos. Quizá nunca tendría el valor de decirle lo que sentía, pero
por ahora, estar a su lado era suficiente.
—Hoy
tienes examen de matemáticas, ¿verdad? —preguntó Riss, mirando al frente con
aparente indiferencia.
—Sí,
aunque no estoy muy confiado en sacar una buena nota —contestó Axel, con una
mezcla de desánimo y timidez.
Ella rió,
un sonido bajo y musical que siempre lograba desarmarlo.
—Lo harás
bien. Te he ayudado lo suficiente como para una nota decente.
Axel la
observó de reojo mientras caminaban. Había algo magnético en la forma en que su
cabello reflejaba la luz, en cómo sus pasos eran firmes pero tranquilos. No
podía evitarlo: estaba completamente fascinado.
Llegaron
a la esquina donde solían detenerse un momento antes de cruzar hacia la
escuela. Axel aprovechaba esos segundos para memorizar su expresión, cómo sus
ojos serenos parecían analizar todo con calma.
—¿Por qué
siempre estás tan callado en este tramo? —preguntó Riss de repente, girándose
hacia él.
Axel se
sobresaltó, sintiendo el calor subirle al rostro.
—No estoy
callado... solo estoy pensando.
—¿Pensando
en qué? —insistió ella, con una sonrisa que no dejaba claro si realmente tenía
curiosidad o si solo quería ponerlo nervioso.
Axel bajó
la mirada, incapaz de sostener su atención.
—En
cosas. Nada importante.
Riss lo
miró por un segundo más y luego volvió a caminar. Axel suspiró aliviado, pero
también un poco decepcionado de no haber tenido el valor de decir algo más
interesante.
Cuando
finalmente llegaron a la entrada de la escuela, Riss se giró hacia él una vez
más.
—Gracias
por acompañarme, Axel. Siempre haces que la mañana sea más llevadera.
Antes de
que él pudiera responder, ella le dio una palmadita en el hombro y desapareció
entre los estudiantes que comenzaban a llenar el patio. Axel se quedó allí, con
el corazón latiendo rápido y una sonrisa tonta en el rostro.
Por
ahora, esos momentos eran suficientes.
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La clase
de matemáticas avanzaba con lentitud. Axel intentaba concentrarse en la hoja de
ejercicios frente a él, pero las fórmulas parecían un borrón confuso. Su mente
vagaba una y otra vez hacia los momentos de esa mañana, al sonido de la risa
baja de Riss, a la forma en que su cabello reflejaba la luz del sol naciente.
Era
injusto.
Axel bajó
la mirada hacia sus manos, tensas sobre la mesa. Había crecido sabiendo que los
betas no podían tener parejas románticas, que estaban destinados a un papel
neutral en la sociedad, un equilibrio entre la naturaleza instintiva de los
alfas y la sensibilidad de los omegas. Pero nunca había sentido el peso de esa
regla tan intensamente como ahora. Desde el día en que empezó a notar los
pequeños gestos cálidos de Riss —la manera en que lo escuchaba, cómo le sonreía
solo a él con ese brillo sutil en sus ojos normalmente apáticos—, algo dentro
de él había comenzado a rebelarse.
Un leve
golpe en su cuaderno lo sacó de sus pensamientos. Levantó la mirada y vio al
profesor observándolo con una ceja arqueada. Axel balbuceó una disculpa
mientras retomaba el lápiz y se obligaba a mirar los números. Pero, en el
fondo, sabía que lo único que realmente quería hacer era escapar.
En el
descanso, se dirigió al jardín trasero de la escuela, un rincón tranquilo donde
solía refugiarse. Allí, el ruido del patio desaparecía, dejando solo el susurro
de las hojas movidas por el viento. Axel dejó caer su mochila al suelo y se
sentó sobre el césped, mirando al cielo.
Había
intentado, más de una vez, ahogar sus sentimientos. Decirse a sí mismo que no
era correcto, que amar a una beta era un acto inútil, condenado desde el
principio. Pero era como tratar de apagar un fuego que ya había consumido todo.
—Ah, aquí
estás.
La voz de
Riss lo sacó de sus pensamientos. Se giró y la vio acercarse con las manos en
los bolsillos, su expresión habitual de calma inalterable suavizándose apenas
cuando sus ojos se encontraron.
—Te
estaba buscando. —Su tono era ligero, pero había una intención en sus palabras
que Axel no supo descifrar.
—¿Por
qué? —preguntó, tratando de sonar casual.
—Me
pareció que estabas algo distraído en clase. —Riss se sentó a su lado con una
naturalidad que hacía que su presencia pareciera una extensión del lugar.
Axel
tragó saliva, sintiendo cómo su corazón se aceleraba.
—Solo
estaba pensando.
—Siempre
estás pensando. —Riss sonrió, esa pequeña curva en sus labios que parecía
reservada solo para él.
Era
cruel, pensó Axel, que ella tuviera el poder de hacerlo sentir así. Que le ofreciera
su calidez, aun cuando sabía que estaba fuera de su alcance. Pero, ¿realmente
lo sabía? ¿Podía Riss ser consciente de lo que despertaba en él?
—¿Sabes?
—dijo Riss de repente, rompiendo el silencio—. A veces me pregunto cómo
sería... no sé... sentir algo diferente.
Axel la
miró, desconcertado.
—¿Algo
diferente?
—Algo que
no sea esta monotonía. —Riss giró la cabeza para mirarlo, sus ojos oscuros
brillando con un destello que Axel reconoció de inmediato—. Algo que me haga
olvidar que soy... bueno, lo que soy.
Axel
sintió que su garganta se cerraba. Por un momento, las palabras estuvieron en
la punta de su lengua, un impulso desesperado de decirle lo que él sentía, de
confesar que ella ya era lo único que rompía su propia monotonía. Pero no lo
hizo. En lugar de eso, desvió la mirada.
—No creo
que seas tan monótona como piensas.
Riss rio
suavemente.
—¿No?
—No.
—Axel jugueteó con una brizna de hierba entre sus dedos—. Eres... especial.
La
palabra quedó suspendida en el aire, y por un momento, el mundo pareció
detenerse. Riss lo miró con una expresión que Axel no pudo descifrar y luego,
como si nada hubiera pasado, se levantó y le ofreció una mano.
—Vamos,
el descanso se acaba.
Axel
aceptó su mano y se levantó, aunque su corazón seguía atrapado en ese instante,
en la posibilidad de algo que nunca podría ser.
Esa
noche, mientras se preparaba para dormir, Axel se enfrentó a su reflejo en el
espejo. Era un omega hermoso, lo sabía. Sus ojos azules aún brillaban con la
intensidad de sus emociones, y su cabello caía con suavidad sobre su frente.
Pero nada de eso importaba si el objeto de su deseo era un sueño prohibido.
Con un
suspiro, se dejó caer sobre la cama, mirando al techo. Había algo profundamente
cruel en amar a alguien como Riss: alguien que, sin quererlo, lo hacía
cuestionar todo lo que sabía, todo lo que era.
Pero,
¿cómo se renunciaba a un sentimiento tan fuerte?
El fuego
en su interior se negó a apagarse esa noche.

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